
– ¿Disculpe?
– ¿Por qué se muestra distante y hostil? Entre vecinos, podríamos hacer un esfuercito por entendernos, o al menos disimularlo.
– Vivía aquí mucho antes que usted, señorita Pendelbury, pero desde que se instaló en ese piso, que espero recuperar, mi vida ha quedado como poco trastornada y mi tranquilidad ya no es más que un lejano recuerdo. ¿Cuántas veces ha venido a llamar a mi puerta porque le faltaba sal, harina o un poco de margarina cuando cocinaba para sus amigos, tan adorables ellos, o para pedirme una vela al irse la corriente? ¿Se ha preguntado alguna vez si sus frecuentes intromisiones iban a perturbar mi intimidad?
– ¿Quería vivir en mi piso?
– Quería poner en él mi estudio. Usted es la única en esta casa que disfruta de un lucernario. Por desgracia, sus encantos obtuvieron el favor de nuestro casero, así que me contento con la pálida luz que entra por mis humildes ventanas.
– Nunca me he cruzado con nuestro casero, alquilé ese piso a través de una agencia.
– ¿Vamos a quedarnos aquí toda la noche?
– ¿Ésa es la razón por la que me trata con tanta frialdad desde que vivo aquí, señor Daldry? ¿Porque he conseguido el estudio que usted deseaba?
– Señorita Pendelbury, los que están fríos, en este preciso momento, son mis pies. Los pobres están sometidos a las corrientes de aire que nuestra conversación les impone. Si no tiene inconveniente, voy a retirarme antes de que me resfríe. Le deseo una noche agradable, la mía se ha acortado gracias a usted.
El señor Daldry volvió a cerrar delicadamente la puerta en las narices de Alice.
– ¡Qué tipo tan raro! -masculló ella volviendo por donde había venido.
– La he oído -gritó en seguida Daldry desde su salón-. Buenas noches, señorita Pendelbury.
De nuevo en su casa, Alice se aseó un poco antes de ir a acurrucarse bajo las sábanas. Daldry tenía razón, el invierno se había adueñado de la casa victoriana y la escasa calefacción no bastaba para hacer subir el mercurio.
