
Alice tenía un don peculiar. Sus aptitudes olfativas, muy superiores a lo normal, le permitían distinguir el más mínimo aroma y conservarlo en la memoria para siempre. Pasaba los días inclinada sobre la larga mesa de su taller, esmerándose en combinar moléculas para conseguir la armonía que tal vez se convirtiese algún día en un perfume. Alice era «nariz». Trabajaba sola, y cada mes visitaba a los perfumistas de Londres para proponerles sus fórmulas. La primavera anterior había logrado convencer a uno de ellos para comercializar una de sus creaciones. Su «agua de gavanza» había cautivado a un perfumista de Kensington y había obtenido cierto éxito entre su distinguida clientela, lo que le procuraba una pequeña suma mensual que le permitía vivir un poco mejor que en años precedentes.
Se instaló en su mesa de trabajo y volvió a encender la lámpara que había encima. Cogió tres tiras de papel secante, las metió en otros tantos frascos y, hasta muy entrada la noche, estuvo pasando a limpio las notas que iba tomando.
*
La alarma del despertador sacó a Alice de su sueño; le lanzó la almohada para hacerlo callar. Un sol velado por la bruma matutina iluminó su rostro.
– ¡Maldito lucernario! -refunfuñó.
Luego, al recordar la cita en el andén de la estación, dejó de remolonear.
Se levantó de un salto, cogió al azar algunas prendas de su armario y se precipitó hacia la ducha.
Al salir de casa, Alice le echó una ojeada a su reloj; en autobús nunca llegaría a tiempo a Victoria Station. Silbó a un taxi y, en cuanto estuvo a bordo, le suplicó al taxista que fuese por el camino más rápido.
