
Cuando llegó a la estación, cinco minutos antes de la salida del tren, una larga cola de viajeros se extendía ante las ventanillas. Alice miró hacia el andén y se dirigió allí a la carrera.
Anton la esperaba ante el primer vagón.
– Por Dios, ¿dónde estabas? ¡Date prisa, monta! -le dijo, ayudándola a subir al estribo.
Se acomodó en el compartimento donde la esperaba su pandilla de amigos.
– Según vosotros, ¿qué probabilidades tenemos de que nos pidan el billete? -preguntó al sentarse, sin aliento.
– Ya te daría yo mi billete si hubiese comprado uno -respondió Eddy.
– Yo diría que la mitad de las probabilidades -dijo Carol.
– ¿Un sábado por la mañana? Yo me inclinaría por un tercio… Ya lo veremos al llegar -concluyó Sam.
Alice apoyó la cabeza contra el cristal y cerró los ojos. Había una hora de trayecto entre la capital y la estación costera. Durmió durante todo el viaje.
En la estación de Brighton, un revisor hacía acopio de los billetes de los viajeros a la salida del andén. Alice se paró ante él y fingió buscar en sus bolsillos. Eddy la imitó. Anton sonrió y les dio a ambos sendos tickets.
– Los tenía yo -le dijo al revisor.
Cogió a Alice de la cintura y se la llevó al vestíbulo.
– No me preguntes cómo sabía que llegarías tarde. ¡Siempre llegas tarde! Y, en cuanto a Eddy, lo conoces tan bien como yo; lo de colarse lo lleva en la sangre, y no quería que este día se echase a perder antes de comenzar siquiera.
Alice sacó dos chelines de su bolsillo y se los tendió a Anton, pero él volvió a cerrar la mano de su amiga sobre las monedas.
– Vámonos ya -dijo-. El día pasa muy rápido, no quiero perderme nada.
Alice lo miró alejarse: Anton iba dando saltos. Ella tuvo una visión fugaz del adolescente al que había conocido tiempo atrás, y eso la hizo sonreír.
