– ¿Vienes? -dijo, volviéndose.

Bajaron por Queen’s Road y West Street hacia el paseo que había a orillas del mar. Había ya mucha gente allí. Dos grandes escolleras avanzaban hacia las olas. Los edificios de madera que sobresalían de ellas las hacían parecer grandes buques.

Las atracciones de la feria se encontraban en el Palace Pier. La pandilla de amigos llegó al pie de un reloj que indicaba la entrada. Anton compró el ticket de Eddy y, con un gesto, le indicó a Alice que ya se había encargado del suyo.

– No vas a invitarme todo el día -le susurró al oído.

– ¿Y por qué no, si me apetece?

– Porque no hay ninguna razón para que…

– ¿Que me apetezca no es una buena razón?

– ¿Qué hora es? -preguntó Eddy-. Tengo hambre.

A pocos metros de allí, delante del gran edificio que albergaba el invernadero, se encontraba un puesto de fish and chips. El olor a frito y a vinagre llegaba hasta ellos. Eddy se frotó la tripa y arrastró a Sam hacia la caseta. Alice puso una mueca de asco al unirse al grupo. Cada uno hizo su pedido. Alice pagó al vendedor y sonrió a Eddy al ofrecerle una bandeja pequeña de pescado frito.

Comieron acodados en la barandilla. Anton, silencioso, miraba cómo se colaban las olas entre los pilares de la escollera. Eddy y Sam arreglaban el mundo. El pasatiempo favorito de Eddy era criticar al gobierno. Acusaba al primer ministro de no hacer nada o de no hacer lo suficiente por los más necesitados, de no haber sabido poner en marcha grandes obras para acelerar la reconstrucción de la ciudad. Después de todo, hubiese bastado con contratar a todos los que no tenían curro y no tenían qué comer. Sam le hablaba de economía, argumentaba la dificultad de encontrar mano de obra cualificada, y, cuando Eddy bostezaba, lo tachaba de vago y de anarquista, lo cual disgustaba menos a éste que a su propio amigo. Habían estado en el mismo regimiento durante la guerra y la amistad que los unía era incondicional, fueran cuales fuesen sus discrepancias.



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