Hasta ayer había olvidado qué hacía con los pequeños instrumentos después de confiscárselos a David; aunque cuando una tormenta o una nevada intensa nos impedían salir, yo a menudo intentaba recordarlo. Romperlos, o tirarlos al patio por el postigo, habría sido totalmente impropio de Mister Million, que nunca rompía nada adrede, y nunca desperdiciaba nada. Yo visualizaba a la perfección el gesto semidoliente con que retiraba los tallos —la cara que parecía flotar tras la pantalla era muy semejante a la de mi padre— y su forma de girar y salir deslizándose de la habitación. Pero ¿qué pasaba con los tallos?

Como he dicho (éste es el tipo de cosa que me da confianza), ayer me acordé. Me había estado hablando aquí mientras yo trabajaba, y cuando salió tuve la impresión —mirándolo cruzar suavemente el umbral— de que faltaba algo, una suerte de floreo que yo recordaba de mis días tempranos. Cerré los ojos y procuré recordar, eliminando todo escepticismo y cualquier intento de figurarme de antemano lo que «habría debido ver», y al fin descubrí que el elemento ausente era un breve destello, el fulgor metálico en la cabeza de Mister Million.

Una vez establecido esto, comprendí que el destello provenía sin duda de un rápido movimiento ascendente, como un saludo, que Mister Million hacía con el brazo al salir de la habitación. Durante más de una hora no logré imaginarme el motivo de ese ademán y sólo llegué a suponer, fuera lo que fuese, que el tiempo lo había desgastado. Intenté recordar si había habido —en ese pasado en realidad no tan lejano—, algún objeto en el pasillo de fuera hoy ausente: una cortina o un postigo, un aparato que se activaba en algún momento, cualquier cosa que sirviera de explicación. No había nada.



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