
Fui hasta el pasillo y examiné minuciosamente el suelo en busca de huellas de muebles. Apartando viejos y bastos tapices, busqué ganchos o clavos. Estiré el cuello para revisar el techo. Entonces, al cabo de una hora, examiné la puerta y vi lo que no había visto al pasar por ella cientos de veces: que, como todas las puertas de esta casa, tiene un macizo marco de listones de madera y que uno de éstos, en el dintel, sobresale de la pared y se extiende sobre la puerta como un estante angosto.
Llevé la silla al corredor y me subí a ella. En el espeso polvo del estante había cuarenta y siete flautas de mi hermano y una maravillosa miscelánea de pequeños objetos. Yo recordaba muchos de ellos, pero algunos ni siquiera alcanzan a despertar un parpadeo de respuesta en los recovecos de mi memoria…
Un huevecito de pájaro cantor, azul con motas marrones. Supongo que el pájaro anidó en el jazminero, y que David y yo expoliamos el nido sólo para que Mister Million nos lo robara. Pero del incidente no me acuerdo.
Y hay un rompecabezas —roto— hecho con vísceras bronceadas de algún animalito, y espléndidamente evocativa una de esas llaves grandes, con decoración fantasiosa, de venta anual, que durante todo un año permitían que el poseedor pudiera entrar después de hora a ciertas salas de la biblioteca del municipio. Supongo que Mister Million la debió haber confiscado al encontrarla, expirado ya el plazo, cumpliendo funciones de juguete; pero ¡qué reminiscencias!
Mi padre tenía una biblioteca propia, que ahora es mía; pero entonces se nos prohibía entrar. Guardo un tenue recuerdo de encontrarme —no sabría decir a qué temprana edad— ante la puerta labrada. Recuerdo cómo se abría, y el mono tullido en el hombro de mi padre, apretándose contra la cara de halcón, y el pañuelo negro y la bata roja debajo y las hileras e hileras de libros gastados y detrás los cuadernos, y el asqueante, dulzón olor a formol que venía del laboratorio, del otro lado del espejo corredizo.
