
No sé qué dijo él, ni si el que había golpeado era yo u otro, pero recuerdo que cuando la puerta se cerró, una mujer de rosa que consideré muy bonita se agachó a poner la cara al nivel de la mía y me aseguró que todos los libros que acababa de ver los había escrito mi padre, y que no tuviera de eso la menor duda.
A mi hermano y a mí, como he dicho, esa habitación nos estaba prohibida; pero cuando ya éramos algo mayores, Mister Million solía llevarnos un par de veces por semana a la biblioteca municipal. Eran prácticamente las únicas ocasiones en que nos dejaban salir de la casa, y como a nuestro tutor no le gustaba replegar la articulada extensión de sus módulos metálicos en una carreta de alquiler, y ningún asiento de automóvil habría soportado aquel peso ni habría contenido aquella masa, las incursiones se hacían a pie.
Durante largo tiempo, la ruta a la biblioteca fue la única parte de la ciudad que conocí. Tres manzanas por la calle Saltimbanque, donde estaba nuestra casa, a la derecha por la Rue d’Asticot hasta el mercado de esclavos y después una calle hasta la biblioteca. El niño, que no sabe diferenciar lo extraordinario de lo corriente, por lo general se acomoda entre los dos: encuentra interés en incidentes que los adultos consideran triviales y acepta serenamente las más improbables ocurrencias. A mi hermano y a mí nos fascinaban los espurios anticuarios y las falsas gangas de la Rue d’Asticot, pero nos aburríamos cuando Mister Million insistía en demorarse una hora en el mercado de esclavos.
No era un mercado grande, porque Port-Mimizon no era centro de tráfico, y con frecuencia los subastadores de mercancías —devueltas una y otra vez por toda una colección de amos que les encontraba siempre el mismo defecto— se habían visto ya varias veces y se trataban como amigos.
