Mister Million no pujaba nunca, pero observaba, inmóvil, mientras nosotros correteábamos y masticábamos el pan frito que él nos había comprado en algún puesto. Había hombres coche, con piernas nudosas de músculos, y asistentes de baño de sonrisa boba; luchadores encadenados, con ojos aturdidos por las drogas o ardientes de ferocidad imbécil; cocineros, sirvientes y cien clases más; sin embargo, David y yo rogábamos que se nos permitiera seguir solos hasta la biblioteca.

La biblioteca era un edificio de enorme tamaño que en los viejos días de la lengua francesa había alojado oficinas del gobierno. Mezquinas corrupciones habían matado el parque en donde se alzara en un tiempo, y ahora la biblioteca asomaba entre una masa de comercios y viviendas. Una estrecha vía pública conducía a la puerta, y en cuanto entrábamos una especie de grandeza descascarada reemplazaba al vecindario desaparecido. El mostrador principal estaba justo bajo la bóveda, y la bóveda, que ascendía arrastrando una pasarela en espiral bordeada por la colección central de la biblioteca, flotaba a ciento cincuenta metros de altura. Un cielo de piedra: la caída de la más ínfima astilla habría matado a un bibliotecario en el acto.

Mientras Mister Million ascendía majestuosamente por la pasarela helicoidal, David y yo echábamos a correr hasta adelantarnos varias vueltas y poder hacer lo que quisiéramos. Cuando aún era muy joven a menudo se me ocurría que si mi padre —según testimonio de la señora de rosa— había escrito una habitación entera de libros, en ese lugar tenía que haber algunos; yo subiría resueltamente hasta casi alcanzar la bóveda, y allí hurgaría y buscaría. Dado que los bibliotecarios devolvían los libros a los estantes con gran laxitud, siempre estaba la posibilidad, me parecía, de encontrar lo que no había encontrado hasta entonces. Los estantes se encumbraban muy por arriba de mi cabeza, pero cuando no me sentía vigilado, yo trepaba por ellos como si fueran peldaños, pisando libros cuando no quedaba sitio para las cuadradas suelas de mis zapatos marrones, y de vez en cuando pateando libros al suelo, donde permanecían hasta nuestra visita siguiente y más aún: prueba de la reticencia del personal a subir la larga cuesta en caracol.



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