
En los estantes superiores había, si es posible, un desorden peor que en los más accesibles, y un glorioso día en que llegué al más alto descubrí que esa empinada y polvorienta posición sólo la ocupaban (además de un traspapelado texto de astronáutica, La nave de una milla de largo, de un alemán), un solitario ejemplar de Lunes o Martes, apoyado en un libro sobre el asesinato de Trotsky, y un desvencijado volumen de los cuentos de Vernor Vinge que debía su presencia —eso al menos sospeché— a algún bibliotecario ya muerto que había confundido con «Winge» el V. Vinge del lomo.
Aunque nunca encontré ningún libro de mi padre, no me arrepiento de aquellas largas escaladas a lo alto de la bóveda. Cuando David estaba conmigo, corríamos cuesta arriba y abajo, o atisbábamos a través de la baranda el lento avance de Mister Million y discutíamos la factibilidad de terminar con él arrojándole una obra ponderosa. Si David prefería seguir intereses propios más abajo, yo subía hasta el final, donde la cima de la bóveda se curvaba por encima de mí hacia la derecha; y allí, desde un oxidado puente de hierro no más ancho que los estantes que acababa de escalar —y sospecho que tampoco tan fuerte—, se abrían a su vez varios agujeros circulares. La pared era de hierro, pero tan delgada, que cuando yo desplazaba las corroídas cubiertas podía asomar la cabeza y sentirme realmente fuera, con el viento y el revoloteo de las aves y el curvo verdín de la bóveda extendiéndose por debajo.
Al oeste, más alta que las casas circundantes y señalada por los naranjos del techo, divisaba nuestra casa. Al sur, los palos de los barcos del puerto y, en días claros —y si era la hora apropiada—, las crestas blancas de pleamar que Sainte Arme impulsa entre las penínsulas llamadas Índice y Pulgar. Y una vez, lo recuerdo muy bien, mirando al sur vi el gran géiser de rocío soleado que levantaba un crucero de estrellas al golpear el agua. Al este y al norte se extendía la ciudad misma, la ciudadela y el gran mercado, y más allá las montañas y los bosques.
