
Pero tarde o temprano, ya solo o junto con David, Mister Million me reclamaba. Entonces teníamos que acompañarlo a una de las alas a visitar tal o cual colección de ciencia. Eran libros para las lecciones. Mi padre insistía en que aprendiéramos a fondo biología, anatomía y química, y bajo la tutela de Mister Million bien que aprendíamos, porque nunca consideraba dominado un tema hasta que podíamos discutir todos los puntos mencionados en el último de los libros catalogados bajo el mismo rubro. Mis favoritas eran las ciencias de la vida, pero David prefería los idiomas, la literatura y el derecho; pues tanto de éstas como de antropología, cibernética y psicología recibíamos unas nociones.
Una vez elegidos los libros que estudiaríamos en los días siguientes, y después de instarnos a elegir más por nuestra cuenta, Mister Million se retiraba con nosotros a un rincón tranquilo de alguna de las salas de lectura, donde había sillas, una mesa y espacio suficiente para que él plegara la extensión articulada de su cuerpo o la alineara contra una pared o anaquel y así dejar libre el pasillo. Para indicar el comienzo formal de la clase, solía pasar lista, siendo siempre mi nombre el primero.
Yo decía:
—Presente —en señal de atención.
Y David:
—Presente.
David tiene abierto en las rodillas, donde Mister Million no puede verlo, un ejemplar de Cuentos de la Odisea, pero mira al señor Million fingiendo un brillante interés. De una ventana alta llega a la mesa un sesgado rayo de sol, revelando en el aire un enjambre de polvo.
