
—Me pregunto si alguno de vosotros ha reparado en los implementos de piedra en la sala por la que acabamos de pasar.
Ambos asentimos, cada cual con la esperanza de que hablara el otro.
—¿Fueron hechos en la Tierra, o aquí en nuestro planeta?
Es una pregunta con trampa, pero fácil. David dice:
—Ni una cosa ni otra. Son de plástico —y los dos nos reímos.
Paciente, Mister Million dice:
—Sí, son reproducciones de plástico, pero ¿de dónde vinieron los originales?
El rostro, tan parecido al de mi padre, pero que ahora se me antojaba que era sólo de él (de modo que verlo en un hombre vivo y no en aquella pantalla parecía una terrible inversión de la naturaleza), no expresaba interés, ni enfado ni aburrimiento, sino una serena distancia.
David responde:
—De Sainte Anne —Sainte Anne es un planeta hermano que gira con nosotros airededor de un centro común, como nosotros giramos alrededor del sol—. Eso decía el cartel, y los hicieron los aborígenes… Aquí no había abos.
Mister Million asiente y vuelve hacia mí el rostro impalpable.
—¿Crees que esos implementos de piedra ocupaban un lugar central en las vidas de quienes los hicieron? Di que no.
—No.
—¿Por qué no?
Pienso frenéticamente, sin ayuda de David, que por debajo de la mesa me está pateando las espinillas. Llega un destello.
—Habla. Responde en seguida.
—Eso es evidente, ¿no? —salida siempre útil cuando uno no está seguro de que «eso» sea siquiera posible—. En primer lugar, no pueden haber sido herramientas muy eficaces; ¿por qué entonces los aborígenes iban a confiar en ellas? Quizá diga usted que necesitaban las flechas de obsidiana y los anzuelos de hueso para conseguir alimento, pero no es así. Podían envenenar el agua con los jugos de ciertas plantas, y quizá hubiera sido más eficaz pescar con cercas de estacas, o con redes de cuero crudo o fibra vegetal.
