A los veintiocho era ayudante de cátedra de Pediatría y Psicología y director de un programa de apoyo a los jóvenes enfermos. Tenía un título demasiado largo como para que mis secretarias pudieran memorizarlo y no dejaba de publicar artículos, construyéndome una torre de papel en cuyo interior vivía yo: estudios de casos, experimentos controlados, prospecciones, monografías, capítulos de libros de texto y un esotérico volumen, del que era autor en solitario, acerca de los efectos psicológicos de las enfermedades crónicas en los niños.

Mi estatus era exaltado, la paga no tanto. Empecé a hacer horas extra, buscándome pacientes privados en un consultorio realquilado a un analista de Beverly Hills. El número de mis pacientes fue en incremento, hasta que me encontré trabajando sesenta horas a la semana y corriendo entre el hospital y la consulta como una hormiga obrera enloquecida.

Entré en el mundo de los que estafan en los impuestos tras descubrir que, sin algunos olvidos y triquiñuelas legales, iba a estarle pagando a Hacienda más de lo que yo consideraba un buen sueldo anual. Contraté y despedí contables, compré terrenos en California, antes del boom y los vendí con unos beneficios de escándalo, comprando más. Me convertí en propietario de una casa de apartamentos que yo mismo controlaba: otras cinco a diez horas a la semana. Mantenía a un batallón de personal de servicios: jardineros, fontaneros, pintores y electricistas. Recibía montones de calendarios de Navidad.

A la edad de treinta y dos años llevaba un régimen de trabajo ininterrumpido que me tenía al borde de la extenuación, agarrando unas pocas horas de nervioso sueño de vez en cuando y levantándome para trabajar un poco más. Me dejé barba, para ahorrarme los cinco minutos del afeitado por las mañanas. Cuando me acordaba de comer, era comida de las máquinas expendedoras del hospital y la tragaba apresuradamente, mientras corría por los pasillos, con la bata blanca ondeando al viento, el bloc de notas en una mano, cual si fuera un increíble loco de la velocidad. Era un hombre poseído por una misión… aunque fuera una misión totalmente estúpida.



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