Era un hombre de éxito

En una vida como ésa, quedaba bien poco tiempo para el romance. Tuve alguna que otra relación carnal, frenética y sin significado, con enfermeras, doctoras internas, estudiantes graduadas y trabajadoras sociales. Sin olvidar a la secretaria cuarentona, de estupendas piernas, que, si me hubiera parado a pensar, me hubiera dado cuenta que no era mi tipo, que me cautivó durante veinte minutos de estremecimientos tras las estanterías repletas de archivadores del almacén de historiales clínicos.

De día eran reuniones de comité, trabajo burocrático, tratar de solucionar los pequeños enfrentamientos del equipo y más papeleo. Por la noche era enfrentarse con la marea de quejas paternas a las que llega a acostumbrarse el terapeuta infantil y dar ayuda y aliento a los pequeños atrapados en el fuego cruzado.

En mi tiempo libre recibía las quejas de los inquilinos, hojeaba el Wall Street Journal para medir mis pérdidas y ganancias y me abría paso entre montañas de cartas, la mayor parte de ellas de tipos de buen traje y sempiterna sonrisa que, al parecer, tenían el método infalible para hacerme rico. Fui nombrado Joven Excepcional, por una gente que, al parecer, lo que buscaban era venderme por cien dólares su directorio, encuadernado en piel, de los otros individuos similarmente honrados. A mitad del día había momentos en los que, de repente, me resultaba difícil respirar, pero no hacía caso de aquello: estaba demasiado ocupado como para poder dedicarme a la introspección.

En este remolino entró Stuart Hickle.

Hickle era un hombre silencioso, un técnico de laboratorio jubilado. Tenía todo el aspecto del vecino amable de las comedias costumbristas: alto, algo encorvado, cincuentón, amante de los jerseys gruesos y las pipas. Sus gafas de carey grueso colgadas de lo alto de una delgada y respingona nariz protegían unos ojos amables, del color del agua sucia. Tenía una sonrisa benigna y modales avunculares.



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