
También tenía un apetito malsano por manosear las partes más privadas de los niños.
Cuando la policía logró por fin cazarlo, confiscaron unas quinientas fotos en color de Hickle haciendo de las suyas con docenas de niños y niñas de dos, tres, cuatro y cinco años; blancos, negros, hispánicos. No tenía manías en cuestiones de sexo o raza. Sólo le interesaban la edad y la imposibilidad de defenderse.
Cuando vi las fotos lo que me impresionó no fue su crudeza gráfica, a pesar de que eso ya resultaba suficientemente repulsivo. Fue la mirada en los ojos de los niños… una vulnerabilidad aterrada y, sin embargo, consciente. Era una mirada que decía: sé que esto está mal, ¿por qué me está sucediendo a mí? La mirada estaba en todas y cada una de las fotos, hasta en los ojos de las víctimas más pequeñas.
Era una personificación de la violación.
Me dio pesadillas.
Hickle tenía un acceso privilegiado a los pequeños. Su esposa, una huérfana coreana a la que había conocido cuando era soldado en Seúl, tenía un jardín de infancia muy concurrido, en el elegante barrio de Brentwood.
El Rincón de Kim tenía una sólida reputación como el mejor lugar en el que dejar a tus crios cuando uno tenía trabajo, o diversión, o, simplemente, quería estar solo. Cuando estalló el escándalo ya llevaba en funcionamiento desde hacía una década y, a pesar de las pruebas, hubo mucha gente que rehusó creer que la guardería hubiera servido como paraíso para los rituales pedofílicos de alguien.
El jardín de infancia había estado situado en un lugar muy alegre, ocupando una gran casa de dos pisos en una calle tranquila y residencial, no muy lejos de la universidad. En su último año cuidaba de unos cuarenta niños, la mayoría de ellos de familias de buena posición. La mayor parte de los niños al cuidado de Kim Hickle eran muy pequeñitos, porque ella era una de las pocas encargadas de guardería que aceptaba niños que aún no supieran hacer sus necesidades por sí solos.
