La casa tenía un sótano -cosa rara en una zona con terremotos- y la policía había pasado mucho tiempo en aquella sala húmeda y cavernosa. Allí habían encontrado un viejo camastro militar, una nevera, un lavabo herrumbroso y cinco mil dólares en equipo fotográfico. El camastro mereció un escrutinio más a fondo, pues sirvió como base de una buena serie de fascinantes pruebas forenses sobre cabellos, sangre, sudor y semen.

La prensa se ocupó del caso Hickle con predecible interés. Aquél era un caso con mucho jugo, que incidía sobre los miedos primigenios de cualquiera, trayendo memorias del hombre del saco y los demás monstruos de cualquier niñez. Las noticias de la tarde de la tele habían tenido como protagonista a Kim Hickle huyendo de una muchedumbre de periodistas, con las manos sobre la cara. Clamaba su inocencia, su ignorancia. No había prueba alguna de complicidad, así que le cerraron la guardería, le revocaron la licencia y la dejaron estar. Ella puso una demanda de divorcio y partió con destino desconocido.

Yo tenía mis dudas acerca de su inocencia. Había visto bastantes de aquellos casos como para no saber que las esposas de los que molestan a los niños a menudo juegan un papel, explícito u oculto, en el montaje de aquellas sucias acciones. Habitualmente se trataba de mujeres que consideraban el acto sexual y la intimidad física como algo aborrecible y, con el fin de liberarse de sus tareas conyugales, acostumbraban a ayudar a sus hombres a hallar un sustituto. Podía incluso llegar a ser una parodia cruel de aquellos chistes sobre harenes… yo había visto un caso en el que el padre se había estado llevando a la cama, de modo regular, a tres de sus hijas, con mami llevando el control de la rotación.



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