
Familias enteras se estaban viniendo abajo, aunque buena parte de su sufrimiento quedaba oscurecido por el ansia de sangre que el público mostraba en el caso, pidiendo la cabeza de Hickle. Y las familias podrían haber quedado para siempre en la oscuridad, hundidas en su confusión, culpa y miedo, de no haber sido por el hecho de que la tía abuela de una de las víctimas era una filántropa, miembro del Comité del Centro Médico Pediátrico del Oeste. La señora no dudó en preguntar, tan alto como le fue posible, por qué infiernos no estaba haciendo nada al respecto el hospital y que, en cualquier caso, dónde estaba el sentimiento de servicio al público de la institución. El presidente del Comité había aceptado la sugerencia de inmediato, viendo en ello la oportunidad de lograr una buena cobertura de su actuación por parte de la prensa. La última historia publicada sobre el Centro Médico había sido acerca de la aparición de salmonella en la ensalada de col de la cafetería, así que un poco de buena publicidad iba a ser bien recibida.
El director médico mandó una nota de prensa anunciando un programa de rehabilitación psicológica para las víctimas de Stuart Hickle, conmigo como terapeuta. La primera noticia que tuve de mi nombramiento fue cuando lo leí en el Times.
Cuando a la mañana siguiente llegué a su oficina, me hicieron pasar de inmediato. El director, un cirujano pediatra que llevaba ya veinte años sin operar y que había adquirido la untuosidad del burócrata bien alimentado, estaba sentado, sonriente, tras un reluciente escritorio del tamaño de un campo de hockey.
– ¿Qué es lo que pasa, Henry? -le dije, blandiendo el periódico.
