– Siéntate, Alex. Estaba a punto de llamarte. El Comité decidió que eras perfecto, pluscuamperfecto, para este trabajo. Es un caso que requiere urgencia.

– Me halagan.

– El Comité recordó el maravilloso trabajo que llevaste a cabo con los Browning.

– Los Brownell.

– Sí, los comosellamen.

Los cinco niños de la familia Brownell habían sobrevivido al accidente de una avioneta que se había estrellado en las sierras y en el que habían muerto sus padres. Habían sufrido traumas físicos y psíquicos… expuestos a los elementos, medio muertos de hambre, amnésicos, mudos. Había trabajado con ellos durante dos meses y los papeles se habían enterado de la historia.

– ¿Sabes, Alex? -me estaba diciendo el director-. A veces, en medio de los trabajos por tratar de sintetizar la alta tecnología y en medio del pleno heroísmo que es tan fundamental a buena parte de la moderna medicina, resulta que uno pierde de vista el factor humano.

Era un perfecto pequeño discurso. Esperaba que recordase aquello cuando llegase el momento de preparar los presupuestos para el próximo año.

Siguió haciéndome la pelota, hablando de la necesidad de que el hospital estuviera «a la vanguardia de las empresas humanitarias», luego sonrió y se inclinó hacia adelante.

– Además, me imagino que hay una buena posibilidad de realizar investigaciones en este caso… digamos que te puede dar al menos para un par de artículos, a publicar en junio.

Junio era cuando me presentaba a oposiciones para obtener mi propia cátedra. Y el director estaba en el Comité de Selección de la Facultad de Medicina.

– Henry, tengo la impresión de que estás apelando a mis más bajos instintos.

– ¡Jamás se me ocurriría tal cosa! -me guiñó el ojo en plan cómplice-. Nuestro principal interés se halla en ayudar a esos pobres, pobres niños.

Agitó la cabeza.

– Es un asunto realmente repugnante. A ese hombre habría que castrarlo. Pura justicia de cirujano.



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