
Me volqué, con mi acostumbrada monomanía, en el planteamiento del programa de tratamiento. Recibí permiso para llevar a cabo las sesiones de terapia en mi consulta privada, tras prometer que el Centro Médico se llevaría todos los honores.
Mi objetivo era lograr que las familias expresasen todos los sentimientos que habían mantenido bajo llave desde que habían salido a la luz los rituales subterráneos de Hickle, y ayudarles a compartir unos con otros esos sentimientos, con el fin de que vieran que no estaban solos. La terapia estaba pensada como un programa intensivo de seis semanas, usando grupos: los padres, los niños, sus hermanos y múltiples familias, así como tantas sesiones individuales cual fueran precisas. El ochenta por ciento de las familias se apuntaron y ni una sola lo dejó correr. Nos encontrábamos por la noche en mi consulta de Wilshire, cuando el edificio estaba vacío y silencioso.
Había noches en las que salía de las sesiones física y emocionalmente depleto, tras oír cómo la angustia fluía cual sangre de una herida abierta. Que nadie se atreva a decir lo contrario: la psicoterapia es una de las tareas más agotadoras que conozca la Humanidad. Yo he llevado a cabo toda clase de trabajos, desde recolectar zanahorias bajo el ardiente sol hasta sentarme en comités nacionales en lujosas salas de juntas, y no hay nada que pueda compararse al enfrentarse con la miseria humana, hora tras hora, y tener la responsabilidad de aliviar esa miseria usando únicamente tu mente y tu palabra. En sus mejores momentos es tremendamente animador, cuando ves que tu paciente se abre, respira, deja atrás el dolor. En los peores momentos es como hacer el surf en una letrina, luchando por mantener el equilibrio mientras te golpea ola tras pútrida ola.
El tratamiento funcionó. Los ojos de los niños volvieron a brillar. Las familias se tendieron las manos y se ayudaron unas a otras. Gradualmente, mi papel fue disminuyendo hasta el de simple observador.
