Unos pocos días antes de la última sesión recibí una llamada de un periodista del National Medical News, una de esas revistas médicas que les regalan a los doctores y éstos dejan en sus salitas de espera. Su nombre era Bill Roberts, estaba en la ciudad y quería entrevistarme. El artículo estaría destinado a los pediatras, para alertarles acerca del problema de los abusos sexuales a los niños. Me pareció una causa notable y acepté hablar con él.

Eran las siete treinta de la tarde cuando saqué mi coche del parking del hospital y me dirigí hacia el oeste. No había mucho tráfico y llegué a la torre de granito negro y cristal que albergaba mi consulta hacia las ocho. Aparqué en el garaje subterráneo, atravesé las dobles puertas de cristal para entrar en un vestíbulo que estaba en silencio, si no contamos la música ambiental, y subí en el ascensor hasta el sexto piso. Se abrieron las puertas, fui pasillo abajo, giré la esquina y me detuve.

No había nadie esperándome, lo que no era muy habitual, pues siempre había comprobado que los periodistas son muy puntuales.

Me acerqué a la puerta de mi oficina y vi cómo un estilete de luz rasgaba diagonalmente el suelo. La puerta estaba entreabierta, quizá un par de centímetros. Me pregunté si el equipo nocturno de limpieza habría dejado entrar a Roberts. Si era así tendría una charla con el encargado del edificio acerca de esa ruptura de las medidas de seguridad.

Cuando llegué hasta la puerta supe que algo andaba mal. Había raspaduras alrededor de la manecilla y virutas de metal sobre la alfombrilla. Y sin embargo, como si estuviera siguiendo lo escrito en un guión, entré.

– ¿Señor Roberts?

La sala de espera estaba vacía. Entré en la consulta propiamente dicha. El hombre que estaba en mi sofá no era Bill Roberts. Jamás me lo habían presentado, pero le conocía muy bien.

Stuart Hickle estaba desplomado sobre los blandos cojines de algodón.



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