
El veredicto del forense fue muerte por suicidio. La versión final era algo así como esto: Desde su detención, Hickle había estado muy deprimido e, incapaz de soportar la humillación pública, había elegido la escapatoria de los samuráis. Había sido él quien, como Bill Roberts, había quedado citado conmigo, quien había forzado la cerradura y se había saltado la tapa de los sesos. Cuando la policía me había hecho escuchar grabaciones de su confesión, la voz me había resultado similar a la de «Roberts»… o, al menos, lo bastante parecida como para impedirme decir que no se semejaban.
En cuanto al porqué había elegido mi oficina para su canto del cisne, fue algo para lo que mis colegas comecocos consultados tuvieron una pronta respuesta: Debido a mi papel como terapeuta de las víctimas, yo era una figura paterna simbólica, que estaba deshaciendo el daño que él había perpetrado. Su muerte era un gesto, igualmente simbólico, de arrepentimiento.
Fin.
Pero incluso los suicidios -especialmente aquéllos que están conectados con casos criminales en curso – tienen que ser investigados, atados los cabos sueltos y allí se inició un pásale- a- otro- ese- muerto entre el Departamento de Policía de Beverly Hills y el de Los Ángeles.
