
– ¡Vaya una capacidad de intuición! -se pasó las manos por la cara, como lavándosela sin agua-. Necesito un favor.
– Puedes coger el coche. No lo necesitaré hasta la noche.
– No. Esta vez no es eso. Necesito tus servicios profesionales.
Eso me hizo sobresaltar.
– No estás ya en las edades de las que yo me ocupaba – le contesté-. Además, ya no practico mi profesión.
– No bromeo, Alex. Tengo a uno de tus colegas tendido en una de las camillas de la morgue. Un tipo llamado Morton Handler.
Recordaba el nombre, pero no la cara.
– Handler es un psiquiatra.
– Psiquiatra o psicólogo, en estos momentos eso es una pequeña distinción semántica. Lo que ahora es él es un cadáver. Con el cuello cortado y algo de evisceración para acabar de completar el trabajo. Está junto a una amiga a la que le han dado el mismo tratamiento, pero peor: mutilación sexual, la nariz cortada. El lugar en donde lo hicieron, su casa, parece un matadero.
Dejé mi taza de café.
– De acuerdo, Milo, ya he perdido el apetito. Ahora dime qué tiene que ver todo esto conmigo.
Prosiguió como si no me hubiera oído.
– Me llamaron para que me hiciera cargo del caso a las cinco de la madrugada y desde entonces he estado metido hasta la rodilla en sangre y otras porquerías. Había un hedor terrible… la gente huele muy mal cuando muere. Y no te estoy hablando de la podredumbre, sino del hedor que sueltan antes de empezar a pudrirse. Pensaba que ya me había acostumbrado a ello; pero de vez en cuando me llega un poco de olor de ése y se me mete aquí -se clavó el índice en la barriga -. ¡A las cinco de la madrugada! Dejé a un amante muy irritado en la cama. Me parece tener la cabeza a punto de explotar. ¡Picadillo de carne a las cinco de la madrugada! ¡Jesús!
Se puso en pie y miró por la ventana, con la vista por encima de las copas de los pinos y los eucaliptus. Desde donde yo me hallaba podía ver humo subiendo en espiras indolentes desde alguna chimenea lejana.
