– Realmente es muy bonito aquí arriba, Alex. ¿No te cansa nunca el estar en el paraíso y sin nada que hacer?

– No tengo ni una pizca de aburrimiento.

– Claro, supongo que no. Y no querrás oír hablar más de Handler y la chica.

– Deja de jugar al pasivo- agresivo, Milo, y escúpelo ya. Se volvió y me miró desde su altura. El grande y feo rostro mostraba nuevas señales de fatiga.

– Estoy deprimido, Alex -tendió su taza vacía como si fuera una especie de crecido y desencajado Oliver Twist-. Y es por eso por lo que voy a necesitar un poco más de esta bazofia inmunda.

Tomé la taza y se la volví a llenar. Se la bebió con gorgoteos muy audibles.

– Tenemos a un posible testigo. Una chica pequeña que vive en el mismo edificio. Está bastante confusa, insegura acerca de lo que vio. Le di una mirada y pensé en ti. Podrías hablar con ella, quizá probar con un poco de hipnosis para potenciar sus recuerdos.

– ¿No estudiáis Ciencias del Comportamiento justo para eso?

Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta y sacó un puñado de polaroids.

– Mira estas maravillas.

Miré las fotos por no más de un segundo. Lo que vi me revolvió el estómago. Se las devolví de inmediato.

– ¡Por lo que más quieras, no me enseñes cosas como ésas!

– Vaya una porquería, ¿no? Sangre y vísceras -vació la taza, inclinándola mucho para atrapar las últimas gotas -. Las Ciencias del Comportamiento sólo las ha estudiado un tipo del cuerpo que se pasa el día ocupado echando a los tipos raros que hay en el Departamento de Policía. Y su siguiente prioridad es hacer de consejero para los tipos raros que logran colársele. Si llenase una solicitud para solicitar ese tipo de ayuda, me pedirían que llenase otro impreso, como única respuesta. No quieren hacer cosas como ésa. Además, no saben nada acerca de niños. Tú sí.

– Pero yo no sé nada de homicidios.



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