– Olvídate del homicidio, eso es cosa mía. Tú habla con esa niña de siete años.

Dudé. Él tendió las manos. Las palmas eran blancas, estaban bien lavadas.

– ¡Oye, no espero que me lo hagas del todo gratis! Te invitaré a comer. Hay un restaurante italiano, clasificable entre lo mediano y lo aceptable, con unos gnocchi sorprendentemente buenos no muy lejos de…

– ¿El matadero? -hice una mueca-. No, gracias. Además, no se me puede comprar con un poco de pasta.

– Entonces, ¿qué puedo ofrecerte como soborno? Lo tienes todo… una casa en las colinas, un coche bonito, el vestuario de Ralph Lauren con zapatillas de footing a juego. ¡Cristo, si has logrado jubilarte a los treinta y tres y tienes un maldito tono moreno perpetuo! Sólo el hablar de todo ello ya me está poniendo de mal humor.

– Sí, pero, ¿soy feliz?

– Sospecho que sí.

– Tienes razón -pensé en las sangrientas fotos -. Y desde luego no necesito un pase gratuito para la cámara de los horrores del Museo de Cera.

– ¿Sabes? -dijo-. Apostaría que, bajo toda esa complacencia, se esconde un hombre joven muy aburrido.

– ¡Tonterías!

– ¡Nada de tonterías! ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Seis meses?

– Cinco y medio.

– Pues cinco y medio. Cuando te conocí… no, corrijo eso: poco después de que te conociera, eras un chico vibrante, con mucha energía, montones de opiniones. Tu mente trabajaba. Ahora de lo único que te oigo hablar es de bañeras calientes, de lo rápido que puedes correr un maldito kilómetro, de los distintos tipos de amaneceres que se pueden ver desde tu terraza… para hablar en tu jerga, eso es una regresión. Unos pantaloncitos cortos monísimos, patinaje sobre ruedas, jugar en el agua. Como la mitad de la gente de por aquí, estás funcionando al nivel mental de un niño de seis años.

Me eché a reír.

– Y tú me estás haciendo esa oferta… eso de meterme en medio de la sangre y la porquería, como una especie de terapia ocupacional.



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