
– Alex, puedes gastarte el culo tratando de conseguir llegar al Nirvana a través de la Absoluta Inercia, pero no te va a funcionar. Es como decía Woody Allen en aquella película: si uno se endulza demasiado la vida, madura demasiado pronto y se pudre.
Me di palmadas en mi pecho desnudo.
– Aún no hay señales de podredumbre.
– Es algo interno, que llega desde dentro y aparece cuando uno menos se lo espera.
– Muchas gracias, doctor Sturgis.
Me lanzó una mirada de disgusto, fue hacia la cocina y regresó con la boca clavada en una pera.
– Es buena.
– Que te aproveche.
– De acuerdo, Alex. Olvídalo. Tengo a ese psiquiatra muerto y a esa chica, Gutiérrez, cortada en pedacitos. Tengo una niña de siete años que podría haber oído o visto algo, pero que tiene demasiado miedo como para poder aclararse. Te pido un par de horas de tu tiempo, y el tiempo es de lo que más te sobra, y lo único que obtengo son tonterías.
– ¡Alto ahí! No he dicho que no lo vaya a hacer. Pero tienes que darme tiempo para asimilarlo. Me acabo de despertar y tú entras de repente en mi casa y me dejas caer encima un doble asesinato.
Sacó su muñeca de debajo de la manga de la camisa y atisbo su Timex.
– Las diez treinta y siete. Mi pobre niño -me lanzó una mirada asesina y le dio un bocado a la pera, cayéndole el jugo por la barbilla.
– En cualquier caso, podrías recordar la última vez que tuve algo que ver con las cosas de la policía: fue traumático.
– Eso fue pura casualidad. Y tú fuiste una víctima, por así decirlo. No estoy interesado en mezclarte en esto. Sólo quiero que estés una hora o dos hablando con la pequeña. Y, como ya te he dicho, que pruebes con algo de hipnosis si te parece adecuado. Luego nos podremos comer esos gnocchi. Volveré a mi casa y trataré de reclamar los favores de mi amado, y tú quedarás libre para regresar a este, tu castillo en las nubes. Y fin. Luego, dentro de una semana, nos reuniremos para un acontecimiento puramente social, como zamparnos algo de sashimi en un restaurante japonés. ¿Vale?
