
– ¿Qué es lo que realmente vio la niña? -pregunté, mientras veía mi día de relajación escaparse por la ventana.
– Sombras, voces, dos tipos, quizá tres. Pero, ¿quién lo sabe en realidad? Es una niñita y está totalmente traumatizada. La madre está igualmente aterrada y, a primera impresión, no me ha parecido que sea ninguna física nuclear. No supe cómo lograr hacerme entender. Alex, traté de ser amable, de no presionarlas. Hubiera sido útil el poder contar con algún agente de los de la protección juvenil, pero no tenemos demasiados de ésos. El Departamento prefiere seguir contratando más y más agentes chupatintas, aunque ya los haya por docenas. Mordisqueó la pera hasta llegar al corazón.
– Sombras, voces. Eso es todo. Tú eres un especialista en lenguaje ¿no? Tú sabes cómo comunicarte con los pequeñitos. Si puedes conseguir que se te abra, estupendo. Si logra darte algo que se parezca a una identificación, fantástico. Si no, así estarán las cosas y al menos lo habremos intentado.
Especialista en lenguaje. Había pasado ya mucho tiempo desde que yo mismo había empleado esa frase… allá en las postrimerías del asunto Hickle, cuando de repente, me había hallado a mí mismo rodando fuera de todo control, con las caras de Stuart Hickle y de todos los niños a los que había hecho daño danzando dentro de mi cabeza. Milo me había llevado de copas. Y, hacia las dos de la madrugada, se había preguntado el motivo por el que los niños habían dejado que las cosas llegaran hasta aquel punto.
– No hablaron porque nadie sabía cómo escucharles – le dije-. De todos modos, ellos pensaban que la culpa era suya.
– ¿Si? -alzó la cara, con ojos cansinos, agarrando su jarra de cerveza con ambas manos-. Oigo cosas así cuando hablo con las chicas de juvenil.
