– Ése es el modo en que piensan cuando son pequeños, unos egocéntricos. Es como si fueran el centro del universo. Mami resbala y se parte una pierna. Ellos se culpan a sí mismos.

– ¿Y cuánto dura eso?

– En alguna gente nunca desaparece. Para el resto de nosotros se trata de un proceso gradual. Cuando cumplimos los ocho o nueve, vemos las cosas con más claridad… pero, a cualquier edad, un adulto puede manipular a los niños, convencerles de que lo que pasa es por su culpa.

– Tontos -murmuró Milo-. Entonces, ¿cómo te las apañas para arreglarles el coco?

– Hay que saber cómo piensan los chicos a las distintas edades. Sus estadios de desarrollo. Hablas su idioma. Te conviertes en un especialista en lenguaje.

– ¿Eso es lo que tú haces?

– Eso es lo que yo hago.

Unos minutos más tarde preguntó:

– ¿Crees que el sentimiento de culpabilidad es malo?

– No necesariamente. Forma parte de eso que nos tiene en pie. Sin embargo, si se tiene mucho puede dejarle a uno baldado.

Asintió con la cabeza.

– Aja, me gusta eso que dices. Los comecocos siempre dicen que la culpa es algo que no hay que sentir. En cambio, tu opinión me parece más correcta. Te diré una cosa, no nos iría mal con un poco más de sentimiento de culpabilidad. El mundo está lleno de jodidos salvajes enloquecidos…

En aquel momento no había forma de que yo pudiera discutirle eso.

Hablamos un poco más. El alcohol tiraba de nuestra consciencia y empezamos a reír, luego a llorar. El barman dejó de secar los vasos y se puso a mirarnos.

Había sido un período bajo, gravemente bajo, de mi vida y recordaba quién había estado a mi lado para ayudarme a superarlo.

Contemplé a Milo y le vi mordisquear los últimos pedacitos de pera, con unos dientes curiosamente pequeños y afilados.

– ¿Dos horas? -le pregunté.

– A lo sumo.

– Dame una hora o así para prepararme y acabar unas cosas.



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