Contesté con energía:

—Eso es lo que quiero hacer.

—Muy bien —dijo—. Y ahora inclínate un poco de costado, así…


Aquel pintor, a su manera, me quería bien, y si hubiera seguido siendo mi confidente, habría podido darme algún buen consejo y muchas cosas no hubiesen ocurrido. Pero se lamentaba sin cesar de que no vendía cuadros y, por fin, aprovechó la ocasión de una exposición que le preparaban en Milán y se fue definitivamente a aquella ciudad. Como me había recomendado, seguía haciendo de modelo. Pero los demás pintores no eran tan corteses y afectuosos como él y no me sentía inclinada a hablarles de mi vida. Que, además, era una vida imaginaria hecha de sueños, de aspiraciones y de esperanzas porque, en aquel período, no me sucedía nada.

CAPÍTULO II

Así, pues, seguí haciendo de modelo, aunque mi madre refunfuñara porque le parecía que ganaba poco. En aquel período, mi madre estaba siempre de mal humor, y aunque no lo decía, yo comprendía que la causa principal de su estado de ánimo era yo. Como ya he explicado, mi madre había confiado en mi belleza para no sé qué éxitos y fortunas. Para ella, el oficio de modelo nunca fue más que el primer peldaño, después del cual, como solía decir, una cosa traería la otra. Pero aquello de ver que me quedaba en simple modelo la amargaba y casi le inspiraba rencor contra mí, como si yo, con mi poca ambición, la hubiera defraudado de una segura ganancia. Naturalmente, no me decía lo que pensaba, pero me lo daba a entender con los enfados, las alusiones, los suspiros, las ojeadas melancólicas y otros gestos no menos transparentes.



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