
Era una especie de continuo chantaje, y comprendí entonces por qué muchas jóvenes, continuamente fastidiadas de una manera semejante por madres decepcionadas y ambiciosas, acaban un día por escaparse de casa y entregarse al primero que se presente, con tal de no sufrir aquel tormento. Por supuesto, mi madre procedía así porque me quería, pero era el amor que ciertas amas de casa manifiestan a la gallina que pone huevos, y si no pone, empiezan a palparla, a sopesarla y a calcular si no convendría matarla.
¡Qué pacientes e ignorantes somos durante la juventud! Yo llevaba entonces una vida horrible y no me daba cuenta. Todo el dinero que recibía por mis largas, fatigosas y aburridas sesiones en los estudios se lo llevaba fielmente a mi madre, y el tiempo que no pasaba desnuda, helada y dolorida, dejándome pintar y dibujar, tenía que pasarlo en la máquina de coser, con la espalda doblada y los ojos fijos en la aguja, para ayudar a mi madre en su trabajo. La noche me encontraba cosiendo todavía y la mañana siguiente me levantaba con la luz del día porque los estudios estaban lejos y las sesiones empezaban pronto. Pero antes de ir al trabajo hacía mi cama y ayudaba a mi madre en la limpieza de la casa.
Era infatigable, sumisa y obediente; y, al mismo tiempo, me mantenía siempre serena, alegre y tranquila, con el ánimo desprovisto de envidia, de rencor y de celos y, sobre todo, lleno de esa dulzura y gratitud sin objeto determinado que son la flor espontánea de la juventud. No me daba cuenta de la pobreza de la casa: una gran habitación amplia y desnuda que servía de cuarto de trabajo, con una enorme mesa en el centro, cubierta de trapos; otros trapos estaban colgados de clavos en las paredes oscuras y sin cal y unas pocas sillas rotas, con la paja del asiento hundida; una alcoba en la que dormía con mi madre en la cama matrimonial, y precisamente sobre el lecho el cielo raso tenía una gran mancha de humedad y cuando hacía mal tiempo la lluvia nos goteaba encima; una cocinita negra llena de platos y cazuelas que mi madre, descuidada, nunca conseguía fregar del todo. No me daba cuenta del sacrificio de mi vida, sin diversiones, sin amor, sin afectos.
