Cuando vuelvo a pensar en la muchacha que era yo, en mi bondad y en mi inocencia, no puedo menos de experimentar una gran compasión por mí misma, al mismo tiempo impotente y dolida, como cuando se leen en ciertas novelas las desventuras que le ocurren a un personaje simpático y uno quisiera evitárselas y sabe que no puede. Pero da lo mismo. Los hombres no saben qué hacer con la bondad y la inocencia, y tal vez no es éste el menor misterio de la vida, ni con otras cualidades donadas generosamente por la naturaleza y alabadas por todos de palabra y que después no sirven más que para aumentar la infelicidad.

En aquel tiempo me pareció que mis aspiraciones de casarme y fundar una familia podrían ser satisfechas algún día. Cada mañana tomaba el tranvía en una plaza poco distante de mi casa, a la cual, entre otras construcciones, daba un edificio largo y bajo adosado a las murallas, que servía de garaje para automóviles. A aquella hora hallábase siempre en la puerta del garaje un joven que lavaba y arreglaba su coche y me miraba con insistencia. Su rostro era moreno, fino y perfecto, con la nariz recta y pequeña, los ojos negros, la boca maravillosamente dibujada y los dientes blancos. Se parecía mucho a un actor americano entonces de moda y por esta razón me fijé en él y hasta lo confundí con una persona distinta de la que era, porque iba bien vestido y se comportaba con mucha educación y propiedad. Imaginé que el automóvil sería suyo y que él era un hombre acomodado, uno de aquellos señores de los que mi madre me hablaba tantas veces. En cierto modo, me gustaba, pero no pensaba en él más que cuando lo tenía delante; después en los estudios de los pintores, el recuerdo de aquel joven se me iba de la memoria.



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