
Pero se ve que sin advertirlo yo, con sólo las miradas, aquel hombre me había seducido, porque una de las mañanas que esperaba el tranvía en el andén, sintiéndome llamada con un siseo como se llama a un gato, me volví y vi que él, desde el coche, me hacía señas de que me acercara. No dudé un momento y con una docilidad irreflexiva que me asombró a mí misma, fui hacia él. El joven abrió la portezuela y al entrar en el coche vi que su mano, posada en el vidrio abierto de la ventanilla, era grande y tosca, con las uñas rotas y negras y el índice amarillento de nicotina, como suelen ser las manos de los hombres que se dedican a trabajos manuales. Pero no dije nada y tomé asiento en el coche.
—¿Dónde quiere que la lleve? —preguntó cerrando la portezuela.
Dije la dirección de un estudio. Noté que tenía una voz suave y me pareció que me gustaba, aunque no pude por menos de notar en ella un algo falso y amanerado. Él propuso:
—Bueno, primero daremos una vuelta… Al fin y al cabo, es temprano… Después, la acompañaré adonde quiera.
El coche arrancó.
Salimos de mi barrio corriendo por el paseo suburbano paralelo a las murallas, recorrimos una larga calle flanqueada por casuchas y almacenes, y por último, salimos al campo. Aquí empezó a correr como un loco por una gran recta, entre dos hileras de plátanos. De vez en cuando, sin volverse, me decía señalando el cuentakilómetros:
—Estamos llegando a los ochenta… los noventa… los cien… los ciento veinte… los ciento treinta.
Quería impresionarme con la carrera, pero yo estaba preocupada sobre todo porque tenía que ir a posar y temía que por cualquier accidente el coche hubiera de detenerse en pleno campo. De pronto, frenó, de golpe, paró el motor y se volvió hacia mí.
—¿Cuántos años tiene?
—Dieciocho —contesté.
—Dieciocho… Creí que tenía más.
