Realmente su voz era amanerada y, a veces, para subrayar alguna palabra, bajaba de tono, como si hablara consigo mismo o estuviera confiando un secreto.

—¿Y cómo se llama…?

—Adriana. ¿Y usted? —Gino.

—¿Y a qué se dedica? —pregunté.

—Soy comerciante —repuso sin vacilar.

—¿Y es suyo este coche?

Miró el coche con una especie de desdén y declaró:

—Sí, es mío.

—No lo creo —repliqué con franqueza.

—No lo cree… ¡Vaya! —repitió sin alterarse, bajando la voz, con un tono asombrado y burlón—. ¡Vaya…!

-¿Y por qué?

—Usted es el chofer.

Demostró aún más su irónico asombro:

—Realmente, me dice usted cosas extraordinarias… Mira, mira, mira… El chofer… ¿Y qué se lo hace pensar?

—Sus manos.

Se miró las manos, sin enrojecer ni confundirse; y dijo:

—Bueno, no puede ocultársele nada a la señorita… ¡Qué mirada tan penetrante! Es verdad, soy el chofer… ¿Y qué? ¿Está bien así?

—No, no está bien —repliqué con dureza—. Y le ruego que me lleve inmediatamente a la ciudad.

—Pero si estaba bromeando… ¿O es que ya no puede uno ni bromear?

—No me gustan esas bromas.

—¡Vaya, vaya! ¡Qué mal carácter! Y yo que pensaba: «Es posible que esta señorita sea alguna princesa. Si llega a descubrir que yo soy sólo un pobre chofer, no vuelve a mirarme a la cara… Bueno, digámosle que soy un comerciante.»

Estas palabras eran muy astutas porque me halagaban y, al mismo tiempo, me daban a entender sus sentimientos para conmigo. Por otra parte, las pronunció con una gracia tan fatua que acabó conquistándome. Respondí:

—No soy una princesa… Hago de modelo para vivir como usted hace de chofer.

—¿Qué es eso de que hace de modelo?

—Voy a los estudios de los pintores, me desnudo y los pintores pintan o dibujan mi cuerpo.



22 из 417