—¿Y usted tiene madre? —preguntó con énfasis.

—Claro… ¿Por qué?

—¿Y su madre le permite ponerse desnuda delante de unos hombres?

Nunca había pensado que en mi oficio hubiera algo malo, como efectivamente no lo había, pero me gustaba que aquel hombre tuviera aquellos sentimientos que denotaban seriedad y sentido moral. Como ya he dicho, yo deseaba una vida normal, y él, en su falsedad, había intuido perfectamente (aun ahora ignoro cómo pudo comprenderlo) qué cosas debía decirme y cuáles debía callarse. No pude por menos de pensar que cualquier otro se hubiera burlado de mí o hubiese manifestado no sé qué excitación a la idea de mi desnudez. Así, la primera idea que su mentira me había sugerido se me modificó sin darme cuenta y pensé que, al fin y al cabo, debía ser un buen muchacho, serio y honesto, precisamente como en mis sueños veía al hombre que deseaba como marido.

Le dije con sencillez:

—Pues es mi madre quien me ha conseguido este trabajo.

—Esto significa que no la quiere mucho.

—No —protesté—. Mi madre me quiere, pero también ella, de joven, hizo de modelo… Y, además, le aseguro que no hay nada malo en ello… Muchas otras como yo hacen el mismo oficio y son chicas serias.

Movió la cabeza, con un gesto como de imprecación y después, poniendo una mano en la mía, dijo:

—Sepa que me ha gustado mucho conocerla…

—A mí también —dije con ingenuidad.

En aquel momento experimenté una especie de impulso que me llevaba a él y casi esperé que me besara. Estoy segura de que si me hubiese besado, yo no habría protestado pero dijo con voz seria y protectora:

—Desde luego, si dependiera de mí usted no sería modelo.

Me sentí un poco víctima y experimenté un sentimiento de gratitud hacia él.

—Una chica como usted —siguió diciendo— debe estar en casa y si es necesario trabajar… pero un trabajo honesto, que no la ponga nunca en situación de sacrificar su propio honor… una chica como usted debe casarse, poner un hogar, tener hijos y estar con su marido.



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