Eran precisamente las cosas que pensaba yo y no sé decir lo contenta que estaba de que él pensara, o pareciera pensar, lo mismo.

—Tiene razón —dije—. Pero aun así no debe pensar mal de mi madre… Ha querido que fuera modelo porque me quiere bien.

—Pues nadie lo diría —repuso con una seriedad entre apiadada e indignada.

—Sí, me quiere bien. Usted no puede comprender ciertas cosas.

Seguimos hablando así, sentados tras el cristal del parabrisas en el coche parado en la carretera. Recuerdo que era mayo, con un aire suave y las sombras juguetonas de los plátanos sobre la carretera hasta perderse de vista. No pasaba nadie, excepto algún coche a gran velocidad, de vez en cuando; también estaba desierto el campo en derredor, verde y lleno de sol. Por último, Gino miró el reloj y dijo que iba a llevarme a la ciudad. En todo aquel tiempo no me había tocado más que una mano una vez. Yo había esperado que, por lo menos, intentara besarme, y me sentí al mismo tiempo desilusionada y satisfecha de su discreción. Desilusionada, porque me gustaba y no podía menos de mirar una y otra vez su boca roja y fina, y satisfecha, porque me confirmaba en la idea de que era un joven serio como yo deseaba que fuese.


Me acompañó hasta el estudio y me dijo que a partir de aquel día, si me encontraba a una hora determinada en la parada del tranvía, me acompañaría siempre, pues a aquella hora él no tenía nada que hacer. Acepté de buena gana, y aquel día las largas horas de pose me parecieron ligeras. Me parecía que mi vida había encontrado un centro y estaba contenta de poder pensar en él sin resentimiento ni remordimientos, como en una persona que además de gustarme físicamente poseía las cualidades de carácter que yo consideraba necesarias. No dije nada a mi madre porque temía, y con razón, que no consentiría que me ligara con un hombre pobre y de porvenir modesto.



24 из 417