
La mañana siguiente, como me había prometido, pasó a recogerme y aquel día se limitó a acompañarme directamente al estudio. Los días siguientes, cuando el tiempo era bueno, me llevó algunas veces a algún paseo de los barrios suburbanos o a alguna calle apartada y poco frecuentada para hablar a su gusto conmigo, pero siempre de manera respetuosa y con frases honestas y serias, a propósito para gustarme. Yo era entonces muy sentimental y todo lo que supiera a bondad, a virtud, a moralidad o a afectos familiares me conmovía singularmente, incluso hasta provocar unas lágrimas que me brotaban con facilidad infundiéndome una sensación angustiosa y embriagadora a la vez de consuelo, de simpatía y de confianza.
Así, poco a poco, llegué a pensar que aquel hombre era perfecto. Y, en realidad, a veces me sorprendía pensando qué defectos podía tener. Era guapo, joven, inteligente, honesto, serio; no podía reprochársele el menor defecto. Estas reflexiones me asombraban, porque no todos los días se encuentra la perfección, y esto casi me asustaba. «¿Qué hombre es éste —me preguntaba a mí misma—, que por más que lo mire no revela una sola mancha, ninguna falta?» Verdaderamente, sin darme cuenta, me había enamorado de él. Y sabido es que el amor es una lente a través de la cual hasta un monstruo parece fascinante.
Estaba tan enamorada que el día que me besó por primera vez, en el mismo paseo de nuestra primera conversación, experimenté un sentimiento de alivio, como un paso naturalísimo de un deseo ya maduro a su primera satisfacción. Pero la irresistible espontaneidad con que nuestras bocas se encontraron me asustó un poco porque pensé que en lo sucesivo mis actos ya no dependían de mí, sino de aquella fuerza dulcísima y poderosa que. con tanta urgencia me empujaba hacia él. Pero me sentí plenamente tranquila cuando al separarnos me dijo que ya debíamos considerarnos prometidos.
