También entonces tuve que pensar necesariamente que él había leído sin dificultad mis pensamientos más íntimos y había pronunciado exactamente las palabras oportunas. Desvaneció así el temor que me había producido el primer beso y durante todo el tiempo que estuvimos parados en la amplia calle, lo besé sin ninguna reserva, con una sensación de pleno, violento y legítimo abandono.


Desde entonces he dado y he recibido muchos besos, y Dios sabe que los he dado y los he recibido sin ninguna participación no sólo afectiva sino ni siquiera física, como se da y se recibe una moneda que ha pasado ya por mil manos, pero siempre recordaré aquel primer beso por su intensidad casi dolorosa en la que parecía desahogarse mi amor por Gino y la espera de toda mi vida. Recuerdo que experimenté una sensación como si a nuestro alrededor todo el mundo diera vueltas y el cielo estuviera a mis pies y la tierra sobre mi cabeza. En realidad, me había inclinado sólo un poco bajo su boca para prolongar el abrazo. Algo vivo y fresco chocaba y oprimía mis dientes y cuando los entreabrí noté que su lengua, tras haber acariciado tantas veces mi oído con la dulzura de sus palabras, ahora, penetrando en mi boca, me revelaba otra dulzura que yo no conocía. No sabía que pudiera besarse de aquella manera y durante mucho tiempo me quedé sin aliento y tan embriagada que, al fin, cuando nos separamos, me apoyé en el asiento con los ojos cerrados y la mente nublada como si estuviera a punto de perder el sentido.

Así, aquel día descubrí que en el mundo había otros goces además del de pasar Una vida tranquila en el seno de una familia. Pero no pensé que aquellos goces excluirían en mi caso aquellos otros más normales a los que hasta entonces había aspirado y, después de la promesa que me había hecho Gino, me sentí segura de poder saborear en el porvenir ambos goces, sin pecado y sin remordimiento.

Estaba tan convencida de la rectitud y la legitimidad de mi conducta que, aquella misma noche, tal vez con excesivo ímpetu y complacencia, se lo conté todo a mi madre. La encontré cosiendo a máquina junto a la ventana, a la luz cegadora de una lámpara sin pantalla. Con la cara llameante, le dije:



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