—Mamá, me he prometido.

Vi que fruncía la cara en una mueca de contrariedad como quien siente resbalarle por la espalda un hilillo de agua helada.

—¿Y con quién?

—Con un joven que he conocido estos días.

—¿Y en qué trabaja?

—Es chofer.

Quería añadir algo más, pero no tuve tiempo. Mi madre detuvo la máquina, saltó de la silla y me agarró por el pelo.

—Te has prometido… y sin decirme nada… y con un chofer… ¡Pobre de mí, tú vas a ser mi muerte!

Y diciendo todas estas cosas, intentaba abofetearme. Yo me protegía con las manos cuanto me era posible y, por último, pude escapar, pero ella me persiguió. Di la vuelta a la mesa que estaba en el centro de la habitación y ella corrió detrás de mí chillando y desesperándose. Me asustaba mucho su rostro enjuto que se inclinaba hacia mí, con una especie de doloroso furor.

—¡Te mataré! —gritaba—. Esta vez te mataré.

Y parecía que a cada «te mataré» su frenesí aumentara y la amenaza se hiciese más efectiva. Yo me mantenía en la punta de la mesa y estaba atenta a sus gestos porque sabía que en aquellos momentos ella no reflexionaba en absoluto y era capaz, si no de matarme, sí de herirme con el primer objeto que le viniera a las manos. En efecto, en un momento determinado, blandió las grandes tijeras de costurera y apenas tuve tiempo de apartarme cuando las tijeras volaron por el aire y dieron en la pared. Ella se asustó de su propio gesto, y de pronto, se sentó a la mesa con la cabeza entre las manos y rompió en un llanto nervioso mezclado con toses, en el que parecía desahogarse más rabia que dolor.

Decía entre lágrimas:



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