
Ella había jurado que no quería ver a Gino y por algún tiempo respeté su juramento. Pero Gino, después de los primeros besos, parecía ansioso de ponerse en regla, como él decía, y cada día insistía para que lo presentara a mi madre. Yo no me atrevía a decirle que mi madre no quería verlo porque consideraba demasiado humilde su profesión, y así, con diversas excusas, intentaba aplazar el encuentro. Por último, Gino comprendió que yo le ocultaba algo y tanto insistió que me vi obligada a revelarle la verdad:
—Mi madre no quiere verte porque dice que yo debería casarme con un señor y no con un chofer.
Estábamos en el coche, en la carretera de siempre. Él me miró con una expresión dolorida y exhaló un suspiro. Yo estaba tan enamorada de él que no advertí todo lo que había de falso en su dolor.
—Esto es lo que significa ser pobre —exclamó con énfasis.
Y permaneció en silencio un buen rato.
—¿Estás enfadado? —le pregunté por fin.
—Me siento humillado —respondió moviendo la cabeza—. Otro, en mi lugar, no habría pedido ser presentado, no hubiera hablado de noviazgo… ¡Esto para que haga uno las cosas como se debe!
—¡Qué te importa! —le dije—. Al fin y al cabo, te quiero y esto basta.
—Hubiera debido presentarme —continuó— con mucho dinero, sin hablar de matrimonio, naturalmente… y entonces tu madre hubiera estado satisfecha de recibirme.
No me atreví a llevarle la contraria porque sabía que lo que estaba diciendo era la pura verdad.
—¿Sabes qué haremos? —repuse al cabo de un rato—. Uno de estos días te llevo a mi madre por sorpresa… Tendrá que conocerte por fuerza. No va a cerrar los ojos.
Y una noche, como habíamos convenido, hice entrar a Gino en casa. Mi madre había terminado en aquel momento su trabajo y estaba recogiendo las cosas en el extremo de la mesa central para disponer la cena. Adelantándome a Gino, dije:
