—Mamá, éste es Gino.

Me esperaba cualquier escena y había advertido de ello a Gino. Pero, con gran sorpresa mía, mi madre se limitó a decir secamente:

—Tanto gusto.

Y lanzándole una ojeada de arriba abajo, salió.

—Verás como todo va bien —le dije a Gino.

Me acerqué a él y tendiéndole la boca, añadí:

—Dame un beso.

—No, no —dijo él en voz baja rechazándome—. Tu madre tendría razón si pensara mal de mí.


Gino sabía decir siempre lo que debía y lo decía en el momento justo. No pude por menos de reconocer que tenía razón. Volvió mi madre y dijo, procurando no mirar a Gino:

—Sólo tenemos cena para dos… No me habías dicho nada… pero ahora salgo y…

No pudo acabar. Gino dio unos pasos y la interrumpió:

—¡No faltaría más! No he venido aquí para que me ofrezcan una cena… Permítame que las invite a usted y a Adriana.

Hablaba ceremoniosamente, como hablan las personas educadas. Mi madre no estaba acostumbrada a sentirse tratar de aquel modo ni a ser invitada. Por un instante, se quedó vacilante, mirándome. Después, dijo:

—Por mí, si Adriana quiere…

—Podemos ir aquí al lado, a la taberna —propuse.

—Donde ustedes quieran —remachó Gino.

Mi madre dijo que iba a quitarse el delantal y nos quedamos solos. Yo me sentía llena de una alegría ingenua. Me parecía haber vencido quién sabe qué gran batalla, cuando, en realidad, todo aquello era una comedia y la única que no sabía su papel era yo. Me acerqué a Gino y, antes de que pudiera evitarlo, lo besé con ímpetu. En aquel beso expresaba el alivio de la ansiedad que me atormentaba desde hacía tantos días, la convicción de que el camino que llevaba al matrimonio quedaba ya libre, la gratitud a Gino por su actitud cortés con mi madre.



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