
Fuimos los tres juntos a un restaurante un poco distante, al otro lado de las murallas. En la mesa, Gino, sin ocuparse de mí, se dedicó a mi madre, con el claro propósito de conquistarla. Este deseo suyo de congraciarse con mi madre me parecía justo y por esto no hice caso de lo burdo de las adulaciones que le prodigaba. La llamaba «señora», título completamente nuevo para ella, y tenía buen cuidado de repetirlo a menudo, al principio o en medio de las frases, como un inciso. O también, como quien no quiere la cosa, decía: «Es usted inteligente y comprenderá», o: «Usted ha vivido y, desde luego, no hay necesidad de decir ciertas cosas», o, con más brevedad: «Con su inteligencia…» Y hasta encontró la manera de decirle que, a mi edad, debía haber sido mucho más hermosa que yo.
—¿De dónde lo sacas? —pregunté un poco molesta.
—Vaya, se comprende… Bueno, son cosas que se comprenden —repuso en una forma vaga y lisonjera.
Mi madre, pobrecilla, abría mucho los ojos al oírse tratar de aquella manera y hacía mohines entre zalamera y azucarada, y también, como pude observar, movía los labios repitiéndose para sus adentros los empalagosos cumplidos que Gino iba sacándose de la manga. Desde luego, era la primera vez en su vida que alguien le decía aquellas cosas, y su corazón en ayunas no parecía saciarse nunca de oírlas. En cuanto a mí, como ya he dicho, todas aquellas falsedades no me parecían otra cosa que un afectuoso respeto para con mi madre y conmigo, y por esto no hacían más que añadir una pincelada más al cuadro ya tan rico de las perfecciones de Gino.
