
Entre tanto, alrededor de una mesa próxima a la nuestra, se había sentado un grupo de jóvenes. Uno de ellos, que parecía borracho y me miraba con insistencia, dijo en voz alta una frase obscena y al mismo tiempo lisonjera para mí. Gino oyó la frase, se puso en pie de un salto y se dirigió al joven:
—Repite lo que has dicho.
—¿A ti qué te importa? —protestó el otro, verdaderamente borracho.
—La señora y la señorita están conmigo —repuso Gino levantando la voz—. Y mientras están conmigo, todo lo que se refiera a la señora y a la señorita, me importa, ¿entendido?
—Entendido, sí… No tenga miedo —respondió el joven, amedrentado.
Los otros parecían hostiles a Gino, pero no se atrevieron a ponerse de parte del amigo. Y éste, fingiéndose aún más borracho de lo que estaba, llenó un vaso y se lo ofreció a Gino. Pero él lo rechazó con un gesto.
—¿No quieres beber? —gritó el borracho—. ¿No te gusta el vino…? Pues estás en un error… El vino es bueno… Mira cómo lo bebo yo.
Y se lo bebió de un sorbo. Gino lo contempló aún un instante con serenidad. Después, volvió con nosotras.
—Unos maleducados —dijo sentándose y estirándose nerviosamente la chaqueta.
—No debía haberse molestado —dijo mi madre, halagada—. Es gentuza.
Pero Gino estaba encantado de poder demostrar su caballerosidad y respondió:
—¿Cómo no iba a molestarme? Hubiera tenido paciencia de haberme hallado con una de esas… aunque, en realidad… pero estando con una señora y una señorita, en un local público, en un restaurante… Pero ese tipo ha comprendido que iba en serio y ya han visto ustedes cómo se ha callado.
El incidente acabó de conquistar a mi madre; Contribuyó a ello que Gino le hacía beber un vaso tras otro y el vino la embriagaba tanto como las adulaciones. Pero, como sucede a menudo a los que están bebidos, aun bajo aquella rendida simpatía por Gino, seguía nutriendo el mal humor por nuestro noviazgo. Y en la primera ocasión que se presentó, quiso darle a entender que, a pesar de todo, no había olvidado.
