
La ocasión fue que saliera a lucir mi profesión de modelo. No recuerdo cómo, me puse a hablar de un nuevo pintor para el que había posado aquella misma mañana. Y entonces Gino intervino:
—Seré un estúpido, seré poco moderno y seré todo lo que quiera usted… pero eso de que Adriana se desnude cada día delante de esos pintores no acaba de convencerme.
—¿Y por qué? —preguntó mi madre con una voz alterada que a mí, más experta que Gino, me hizo comprender la borrasca que estaba preparándose.
—Porque… bien, porque no es moral.
No transcribo a la letra la respuesta de mi madre porque iba toda esmaltada de palabrotas y obscenidades, como solía decirlas cuando bebía o la dominaba la cólera. Pero aun expurgado, su discurso refleja bien sus ideas y sentimientos acerca de la cuestión.
—¡Ah, conque no es moral! —empezó a chillar con toda la fuerza de su voz, de manera que todos los clientes de las demás mesas interrumpieron el yantar y se volvieron hacia nosotros—. ¡No es moral! ¿Qué es moral, entonces? Será moral estar aperreada todo el santo día, lavar platos, coser, cocinar, planchar, barrer, fregar suelos y después, por la noche, ver que llega tu marido, cansado a más no poder, que en cuanto cena se mete en cama, se vuelve de cara a la pared y se duerme… Esto es moral ¿eh? Sacrificarse, no tener nunca un minuto de alivio, hacerse viejos y feos, y reventar… Esto es moral, ¿verdad? ¿Pues sabe lo que le digo? Que sólo vivimos una vez y que una vez muertos, buenas noches. Pueden irse al diablo usted y su moral. Y Adriana hace muy bien en desnudarse delante de los que la pagan… Y haría aún mejor si…
Y aquí metió una hilera de obscenidades que me ruborizaron a más no poder porque mi madre las decía con los mismos gritos que las otras cosas.
