Como los niños que se distraen con cualquier cosa y basta una nonada para hacerles cambiar de humor, mi madre había olvidado ya a su hija y la injusticia de mi suerte y abría los ojos a más no poder ante la descripción de todo aquel esplendor.

—¡Millones! —repitió con avidez—. ¿Y es guapa?

Gino, que estaba fumando, escupió con desdén un poco de tabaco:

—¡Qué va a ser guapa! Es fea, flaca y parece una bruja.

Así siguieron hablando de la riqueza de la dueña de Gino, o mejor dicho, Gino siguió exaltando aquellas riquezas como si fueran suyas. Pero mi madre, al cabo de un momento de curiosidad, volvió a caer en un estado de ánimo sombrío y desconcertado, y no dijo esta boca es mía en el resto de la noche. Tal vez estaba avergonzada de haberse dejado dominar por tanta cólera; quizá sentía envidia de toda aquella riqueza y pensaba con despecho que me había hecho novia de un nombre pobre.


El día siguiente pregunté con cierta aprensión a Gino si estaba enfadado con mi madre, y él me contestó que, aunque no lo compartía, comprendía muy bien su punto de vista causado por una vida desgraciada y llena de necesidades y privaciones. Había que compadecerla y, además, se veía que hablaba de aquel modo porque me quería. Éste era también mi pensamiento y agradecí a Gino que mostrara tanta comprensión. Realmente, había temido que la escena provocada por mi madre pudiera estropear nuestras relaciones. Además de llenarme de gratitud, la moderación de Gino me confirmó la idea de su perfección. De haber sido menos ciega e inexperta, hubiera comprendido que sólo la falsedad premeditada puede conseguir aquella sensación de perfección y que es propio de la sinceridad presentar, junto con las pocas cualidades, muchos defectos y muchas faltas.



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