
Había sido una suerte que por fin hubierandetenido al asesino del anciano lord —un hindú fanático que en la cárcel sehabía ahorcado con su propio turbante—, porque de otro modo Aldo habríaachacado el crimen a los herederos. Para ser sincero, esta idea se le había yaocurrido, a pesar de que el asesinato había tenido lugar lejos de losdescendientes del duque.
Antes de subir al coche, dirigió una última miradaal viejo torreón feudal en cuya cima ondeaba el pabellón con los colores de losKillrenan, agitado por un viento súbito cargado de humedad. Lo más probable, sedijo con un matiz de desprecio, era que el anciano lord no gozara allí de otracompañía que la de sus antepasados.
El tiempo estaba empeorando. El cielo se cubrió demasas negras y las islas Orcadas se envolvieron en su manto de volutasbrumosas. Abajo, en la pequeña rada, la tripulación del Robert-Bruce yahabía subido a bordo y, después de izar el ancla, se despidió con un silbido dela sirena. Sin duda iba a estallar una tormenta y por consiguiente el barcotenía que encontrar un refugio más seguro. El carruaje también se puso enmarcha para llevar de nuevo a Morosini a la capital de las Tierras Altas,Inverness, que se hallaba a unos doscientos kilómetros de distancia.
Si el tiempo no se hubiera estropeado, el viajehabría sido agradable, pues la carretera se dirigía hacia el sur bordeando elmar. Aldo se esforzó en no pensar en el amigo al que no volvería a ver más,
