Aronov no había escogido al azar al príncipeanticuario. La familia materna de Morosini poseía desde hacía siglos una de lascuatro piedras arrancadas al pectoral, un zafiro llamado el zafiro visigótico ola Estrella Azul, y el judío esperaba conseguir que su huésped se lo vendiera,pues ignoraba que su última propietaria, Isabelle Morosini, había sidoasesinada por el delincuente que lo robó. Esa noche, el judío y el príncipecristiano sellaron un pacto que resultó fructífero, porque dos meses más tarde,en la isla-cementerio de San Michele, en Venecia, Simon Aronov recibía de manosde su emisario el zafiro rescatado gracias a una loca aventura[1] que había costado varios muertos, ya que desafortunadamente las gemasarrancadas al pectoral atraían la desgracia.

La Rosa de York era, pues, la segunda pieza quefaltaba, y la prensa británica, imitada por los principales diarios europeos,proclamaba a bombo y platillo que la subasta tendría lugar el 5 de octubre enla sala Sotheby's, aunque nadie sospechaba en absoluto que la joya que se iba alicitar no era la auténtica, sino una copia admirable fabricada en sus menoresdetalles mediante un procedimiento que sólo el propio Simon Aronov conocía.

El razonamiento de éste era muy sencillo. Comotenía la certeza de que el diamante sólo podía estar en Inglaterra, oculto enel fondo de la caja fuerte de algún coleccionista especialmente discreto, estamaniobra constituía un farol de póquer basado en su profundo conocimiento delalma humana, y sobre todo del alma tan compleja de todos los coleccionistas,cualquiera que fuera su afición. Aronov había previsto que el poseedor deldiamante auténtico no podría soportar el revuelo levantado por la piedra falsaa causa de uno de estos dos motivos: o bien el bullicio provocado por lanoticia de la venta le inspiraría una duda insidiosa acerca de la autenticidadde su propia gema, o bien su orgullo no toleraría que una imitación levantara



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