tanta admiración, codicia y hasta devoción. En cualquier caso, el propietariose manifestaría de uno u otro modo, y entonces Simon Aronov actuaría por lapersona interpuesta de Aldo Morosini. Este se proponía, nada más regresar aLondres, ir a visitar al joyero que por lo visto había descubierto la alhaja yla había lanzado a la hoguera de las subastas con la esperanza —secreta segúnla prensa— de incitar al gobierno de Su Majestad a adquirirla, a fin de quefuera a engrosar el Tesoro de la Corona, impidiendo con ello que un objetoperteneciente a la historia de Inglaterra abandonara la madre patria. Además,los periódicos relataban que míster Harrison había recibido varias cartasanónimas en las que se le hacía saber que el diamante era falso y que, si nocancelaba la subasta, sería desenmascarado públicamente. Toda una retahíla derazones para hacer una visita al lujoso establecimiento de Bond Street.

Era ya muy tarde y violentas ráfagas de lluviaempapaban las calles de Inverness cuando el coche dejó a su pasajero delantedel hotel Caledonian.

Transido de frío, pues la temperatura había bajadode golpe, Aldo se precipitó al interior, anhelando sumergirse en una bañerallena de agua caliente —el Caledonian era el mejor hotel de la ciudad y poseíatoda clase de comodidades— y animarse con una copa de la bebida nacional,cuando, al atravesar el vestíbulo, descubrió a su amigo Adalbert instalado enel bar, con un diario sobre las rodillas, un vaso de whisky en la mano y todala apariencia de hallarse sumido en una honda meditación.

Como este último pormenor no era nada habitual enél, Aldo decidió abordarle para conocer la razón de una expresión tan sombría.

—¡Vaya, vaya! —exclamó mientras se sentaba en eltaburete contiguo al de su amigo e indicaba con un gesto al barman que lesirviera lo mismo—. ¿A qué viene esa cara tan seria?

Adalbert Vidal-Pellicorne se sobresaltó, peroenseguida desplegó aquella sonrisa que raramente abandonaba sus labios. Él era



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