
Físicamente, a sus cuarenta años aparentaba tenertreinta. Alto y tan esbelto que producía la impresión de carecer de esqueleto,bajo su espeso y rizado cabello rubio, siempre despeinado, mostraba una faz dequerubín, unos ojos azules y cándidos y una sonrisa angelical, cosa que no leimpedía ser sagaz como un lince, fuerte como una roca y estar dotado de unahabilidad manual realmente notable. Arqueólogo de profesión, sentía preferenciapor la egiptología y conocía a fondo el mundo de las piedras preciosas.Escribía muy bien, se vestía con elegancia y poseía todas las cualidades de unepicúreo, de un perfecto hombre de mundo, de un hábil prestidigitador y de uncerrajero tan competente que habría suscitado la envidia del mismísimo Luis XVI. Graciassobre todo a esas variadas aptitudes, Morosini había podido recuperar el zafiroy devolvérselo a Simon Aronov. Morosini quería mucho a su amigo, con todas susvirtudes y todos sus defectos, y valoraba el hecho de tenerlo como compañero enla peligrosa búsqueda del pectoral.
Adalbert no respondió a la pregunta de Aldo y selimitó a ampliar su sonrisa.
—Bueno, ¿qué me dices del entierro? —inquirió,apartándose con un gesto maquinal el mechón que continuamente le caía sobre unaceja—. ¿Qué tal ha ido?
—Lo sabrías si me hubieras acompañado.
—¡Habría sido pedirme demasiado, muchacho! Sólo hevenido a este país medio salvaje para hacerte compañía. Además, me horrorizanlos entierros.
