
—Para ver éste, valía la pena desplazarse. Ha sidode una sencillez llena de grandiosidad y de color local, y además me hadeparado una sorpresa.
—¿Buena o mala?
—No muy terrible. Aunque ya sabía que los SaintAlbans pertenecían a la familia de sir Andrew, ignoraba que eran sus herederosdirectos. Ahora son el conde y la condesa de Killrenan. Esa descendencia nodebe de gustarle mucho a mi viejo amigo. Los encuentro muy antipáticos a losdos, pese a que ella es muy bonita.
—Sir Andrew tenía que haber pensado antes en sudescendencia y haber tenido hijos —dijo Adal, repitiendo sin saberlo elcomentario del duende de la landa.
—Alguien me ha dicho lo mismo esta mañana. Verásqué aspecto tienen los condes el día de la subasta en Sotheby's. Quizás inclusolos veas antes, porque lady Mary todavía no ha digerido el asunto delbrazalete.
—¿Crees que pujarán por la Rosa?
—Ella seguro que sí; se pone en trance en cuantove una joya. En cuanto a él, no tengo ni idea: colecciona jades raros, pero talvez esté enamorado, y como parece un abogado bastante rico...
—¿Ejerce la abogacía?
—Eso parece.
Mientras Morosini se llevaba a los labios el vasoque acababan de servirle, Adalbert vació el suyo con la misma expresiónpensativa de antes. Sin embargo, su amigo no tuvo tiempo de hacerle preguntas,porque, después de rascarse la punta de la nariz y exhalar un suspiro, dijo:
—Hablando de abogados, alguien que tú aprecias vaa necesitar uno en seguida.
—¿De quién se trata?
—De Anielka Ferrals. La acusan de haber asesinadoa su marido.
El vaso de Morosini estuvo a punto de escapárselede las manos, pero lo retuvo con un gesto nervioso. Su segundo reflejo fue elde beberse el whisky de un trago.
—¿Cómo te has enterado?
El arqueólogo levantó el periódico que seguíadesplegado sobre sus rodillas, le dio la vuelta y se lo tendió.
