
—Lo pone aquí. No quería decírtelo por temor adescorazonarte aún más después del entierro de tu amigo, pero es inútilaplazarlo, más vale que lo sepas todo.
—Desde luego, lo prefiero.
Morosini leyó la noticia en un santiamén. Era unanota informativa breve, casi lacónica. Resultaba evidente que Scotland Yardguardaba un silencio prudente frente a los periodistas, con objeto de que nopudieran inmiscuirse en sus pesquisas y tal vez dificultarlas. Como existíanserios indicios de que lady Ferrals había envenenado a su marido, la jovenhabía sido conducida a la comisaría central de Canon Row y después presentadaante el juez, que le había denegado la libertad provisional. Acababa de serencerrada en la cárcel de Brixton. La nota no decía nada más.
Mientras Aldo leía, Vidal-Pellicorne observaba asu amigo, que parecía anonadado. La indolente ironía que hacía tan atractivoaquel rostro fino y atezado, con perfil de condottiere, habíadesaparecido. Y cuando los acerados ojos azules se posaron en los suyos,Adalbert vio en ellos una sombra de dolor que confirmó sus inquietudes: a pesarde la terrible decepción que le había causado la joven polaca con la que por uninstante había pensado casarse, Morosini seguía queriéndola. Guardándose muchode hacer ningún comentario sobre el tema, Vidal-Pellicorne dijo:
—Lo que no puedo comprender es cómo las cosas hanllegado tan lejos. —Suspiró—. Es imposible que sea culpable.
—¿Tú crees? ¡Sus reacciones son tan imprevisibles!A veces he tenido la impresión de que para ella la muerte, ya fuera la suya ola de los demás, carecía de importancia. Tal vez sepa amar, pero lo que esseguro es que sabe odiar. ¡Acuérdate de su boda y de los días que siguieron!
—¡Pero tienes que concederle unas circunstanciasatenuantes! Su marido se había portado como un bruto con ella sin esperarsiquiera a estar casados por la Iglesia. En cuanto a ti, estaba convencida deque la estabas engañando con la sublime Dianora Kledermann, tu antigua amante.
