
—Es posible. No obstante, de ahí a llegar a matarva un trecho muy largo. De todos modos, no sirve de nada darle vueltas. Cuandomañana lleguemos a Londres, quizá nos enteremos de algo más... A propósito, túque conoces a todo el mundo, ¿tienes algún conocido en Scotland Yard?
—Ninguno. Inglaterra no es un lugar de vacacionesque me guste mucho. Aprecio sus sastres, sus camiseros, sus jardines, sutabaco, su whisky y su código de cortesía pueril y recto, pero detesto suclima, su olor a carbón, su aceitoso Támesis, su Servicio de Inteligencia, conel que he tenido algunas diferencias, y sobre todo su cocina. De este últimoapartado, lo peor es el haggis, ese cocido de menudillos de oveja que esel comistrajo más repugnante que he probado en mi vida.
Desde luego, ese plato no formó parte de la cena,durante la cual Aldo apenas comió. A pesar de la severidad que había mostradocon respecto a Anielka, no podía quitarse a la joven de la cabeza. La idea deque esa exquisita mujer-niña de diecinueve años estuviera pudriéndose en lapenumbra maléfica de una prisión le resultaba insoportable, sobre todo porqueAldo llevaba cuatro meses intentando relegar su imagen al rincón más profundode su memoria, rayano en el olvido. Naturalmente, no lo había conseguido, puesestas cosas requieren mucho tiempo.
Anielka... Desde su primer encuentro con ella enel parque de Wilanow, en Varsovia, la joven le obsesionaba. Tal vez porquehabía entrado en su vida al mismo tiempo que Simon Aronov y porque no habíasido del todo casual el hecho de que la joven luciera la Estrella Azul cuandose apeó del Nord-Express junto con su padre y su hermano aquella tarde de abril.En aquel momento, Morosini ya le había impedido por dos veces suicidarse. Laprimera vez, Anielka había querido quitarse la vida porque tenía que renunciar
