a Ladislas, el estudiante al que amaba, y la segunda porque se negaba a casarsecon Eric Ferrals, el comerciante de armas. Y más adelante, ella y Morosini sehabían encontrado en el Parque Zoológico (a la joven le encantaban losparques), donde, después de confesar a Aldo que lo amaba, le había suplicadoque la librara de aquel matrimonio odioso que se veía obligada a contraer paraponer a flote la fortuna familiar. Luego, tras una serie de acontecimientos,ella le había enviado aquella nota de despedida diciendo que a pesar de quehabía aceptado, por una lógica realista, la vida conyugal, continuaba sintiendopor su príncipe veneciano un amor eterno. Aquella misma noche, Aldo hacíatrizas la nota y la tiraba por la ventanilla del tren que lo conducía aVenecia.

Se preguntaba si sería ese amor el que la habíainducido a matar. Creerlo así resultaba muy tentador, y Morosini rechazaba cadavez más débilmente esta explicación romántica que halagaba su vanidad. Encualquier caso, sabía que lo primero que haría nada más llegar a Londres seríacorrer a su lado, si fuera posible, tratar de verla y hacer lo que estuviera ensu mano para ayudarla.

Esta idea fija ocupó su mente durante la mayorparte de la noche y todo el interminable trayecto a bordo del tren de la GreatNorthern Railway, que al día siguiente los depósito, a Adalbert y a él,rendidos de cansancio y cubiertos de carbonillas del glorioso carbón británico,en un andén de la estación de King's Cross. Desde allí, un valeroso taxista lostransportó al hotel Ritz a través de una niebla tan espesa que se hubierapodido cortar con un cuchillo.

Hacía ya tiempo que el príncipe Morosini tenía porcostumbre alojarse en ese gran hotel de Picadilly, así como en su homónimo dela place Vendôme, en París. Acaso se debiera a que le agradaba su arquitectura,inspirada en los hermosos edificios parisienses y en las arcadas de la Rue deRivoli. Pero también le gustaban su elegante decoración interior, la perfección



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