
Se preguntaba si sería ese amor el que la habíainducido a matar. Creerlo así resultaba muy tentador, y Morosini rechazaba cadavez más débilmente esta explicación romántica que halagaba su vanidad. Encualquier caso, sabía que lo primero que haría nada más llegar a Londres seríacorrer a su lado, si fuera posible, tratar de verla y hacer lo que estuviera ensu mano para ayudarla.
Esta idea fija ocupó su mente durante la mayorparte de la noche y todo el interminable trayecto a bordo del tren de la GreatNorthern Railway, que al día siguiente los depósito, a Adalbert y a él,rendidos de cansancio y cubiertos de carbonillas del glorioso carbón británico,en un andén de la estación de King's Cross. Desde allí, un valeroso taxista lostransportó al hotel Ritz a través de una niebla tan espesa que se hubierapodido cortar con un cuchillo.
Hacía ya tiempo que el príncipe Morosini tenía porcostumbre alojarse en ese gran hotel de Picadilly, así como en su homónimo dela place Vendôme, en París. Acaso se debiera a que le agradaba su arquitectura,inspirada en los hermosos edificios parisienses y en las arcadas de la Rue deRivoli. Pero también le gustaban su elegante decoración interior, la perfección
